El controvertido ensayista Jeremy Rifkin (criticado anteriormente en fe en el caos) plantea en su libro ‘El fin del trabajo‘ un futuro donde los humanos son substituidos progresivamente por tecnología.
Si además atendemos las conclusiones del Informe Lúgano de Susan George, donde se investiga acerca del número de personas que sobran en el mundo para que el desarrollo capitalista pueda seguir su curso, obtendremos un horizonte máximo de 4.000 millones de personas, tanto en una hipótesis como en otra encontramos características comunes sobre los excedentes de población y la progresiva perdida de puestos de trabajo permutados por tecnología.
A pesar de que las ideas de Rifkin hay que tomarlas con cierto grado de escepticismo, basta con mirar alrededor para *no* ver la tecnología humana que nos rodea. Sin ir más lejos, la mayor empresa de transporte por carretera en el estado español, ALSA, hace ya mucho tiempo que no usa personas humanas en el departamento de atención al cliente. A cambio, máquinas que hablan y escupen cadenas de texto, y sistemas de procesamiento de la voz, nos regalan largas esperas por sus invisibles diagramas de transición de estados.
Y nos desesperamos, pues no tenemos otra opción, no existe otra compañía que haga el mismo servicio con personas humanas.
Pero lejos de seguir ciegamente la idea de que todo trabajo será substituido por una máquina, nos encontramos en una etapa de desarrollo tecnológico sin precedentes: antes del fin del trabajo está la deslocalización del trabajo.
Las fusiones empresariales que inundan los periódicos financieros conducen a un pequeño conglomerado de empresas que reducen su número pero multiplican su poder. El mundo donde se produce en china y se vende en occidente está dando paso a un nuevo mundo donde no solo nos aprovechamos de las diferencias económicas del tercer mundo en la fase de producción, sino que ahora ya podemos deslocalizarlo todo, por que los flujos de trabajo se han visto transformados en flujos de información, y la información cabe dentro de un cable.
De modo que podemos ubicar toda la gestión de personal, de recursos, o de atención al cliente en otro país diferente a donde se presta el servicio: solo necesitamos un cable de fibra óptica. Las actuaciones en el país destino ahora solo se ciñen a una abusiva contrata con una empresa local, que a su vez tiene un abusivo contrato con trabajadores locales, o incluso a veces ni eso.
De este modo cuando llamamos al servicio de atención al cliente de una compañía en el estado español y una voz latina nos responde al otro lado del mundo, en Argentina: “Buenos días, bienvenido al equipo de Jazztel” no debemos pues albergar ninguna duda de que el capitalismo financiero se está materializando en una llamada telefónica.
Muchos pensarán que si se cobra del norte y se paga en el sur, el sistema en su conjunto puede ser responsable ya que se reparte la riqueza. Si analizamos los ingentes beneficios que empresas y bancos realizan cada año, comprobaremos que no se reparte nada. Los sucios negocios sobrepasan a toda clase de fronteras y naciones. Viejo es el refrán y viejos también los ladrones
Al separar los servicios que ofrece una corporación de los recursos humanos asociados, nos conduce a un nuevo paradigma que ni Susan George ni Jeremi Rifkin se centraron cuando escribieron sus informes: no solo sobra mano de obra barata en el sur, sino que también sobra mano de obra cara en el norte.
Cuando el trabajo escasee quizá ya no estarán los servicios sociales para protegernos y todos podremos ver ese capital invisible: en la publicidad de los edificios, en los programas de televisión, en los carteles luminosos de las ciudades… pero cuidado, “ver” no implica necesariamente “tocar”.
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Y mi abuelo, que de nada sabe de tecnologías ni de deslocalización del trabajo, siempre ha dicho que “somos muchos y SOBRAMOS la mitad”.
Respecto a la sustitución de trabajadores por tecnología tengo algo claro y es que la historia se repite y no nos podemos permitir confundir al enemigo. Os remito a la wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Ludismo
“A finales del siglo XX, en plena revolución digital, surgió un movimiento conocido como neoludismo, que se opone a la inteligencia artificial y todo avance científico que se apoye en la informática. Reconoce que no solo los empresarios son los explotadores sino que es la forma en que funciona la tecnología la que aliena tanto al explotador y al explotado convirtiéndose, a criterio de ellos, ambos en partes funcionales de la máquinaria tecnológica.”
La conclusión que saco es que odiar a la tecnología es un error y una pérdida de tiempo (invertido y por invertir), nuestro esfuerzo habría de dirigirse a evitar que sean otros, los poderosos de siempre, quienes controlen nuestro desrrollo.
Left by Abuelito dime tú... on April 16th, 2007