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Hace algunos años, con un antiguo grupo de teatro llamado “Ekilibrio Teatro”, interpreté un monólogo donde reflexionaba un poco sobre el devenir de los días.

Me ayudó mucho en algunas tardes de verano, que sin la presión constante de los exámenes mi cabeza daba vueltas sin parar preguntándose que hacía aquí.

El monólogo lo basé en una canción de un grupo que conocí por aquel entonces, llamado Úrsula, que por aquellos días sacaron un disco titulado “La banda sonora de mi funeral“.

Espero que a vosotros también os sirva:

El día se ha despojado de sus vestiduras de noche con cierto aire de nostálgico, el cielo turbio y una lluvia que lame los cristales. Momentos de tristeza contenida acentuados por el sabor agridulce de la trompeta del Chef. Fuera, el trágico y ruido monótono que acompasa el rumor de una ciudad que comienza a desperezarse de su sueño y el sentimiento aún deshabitado del comienzo de un nuevo día. Abrir los ojos para ver lo mismo, día tras día.

En la memoria, el leve recuerdo de una ciudad a la que pertenecí, que me cautivó, que incluso me maltrató a veces. Y en el corazón, el sentimiento de no pertenencia a ningún lugar, la tristeza de haber dejado atrás amigos y vivencias compartidas.

Enciendo el primer cigarro del día y el humo cautiva por un momento mi atención. Todo parece tan efímero. Es sólo una mirada que se posa sobre el tiempo. Una mirada.
Una vez leí que solo es eterno el horror, pero no creo que la experiencia de un dolor o placer extremos nos permita salir del tiempo, atravesar las fronteras de la temporalidad. Creo que la única forma de eternidad posible, la única dimensión de lo eterno, se manifiesta en ese continuo fluir de los días en los que el tiempo no tiene barreras precisas, claras, tangibles. Se es. Basta.

Lo que fuimos en un pasado nos constituye como seres anclados en el devenir, saltando por encima incluso de fechas y calendarios.
Lo que seremos se encuentra ya en ese yo atemporal como un proyecto venido de lo más remoto de nuestro ser. Cotidianeidad total. Tela de araña en la que quedamos atrapados sin remedio. Sin esperanza.

Una casa llena de recuerdos, ropas lentas, fuegos, estufas, colores con los que arropo mi soledad, y el frío dentro de mí, como un jarrón venenoso, como una entraña inhóspita de mí mismo.

Comienza un nuevo día que no sé cómo terminar. Termina una etapa de mi vida que no sé cómo reanudar.

Todo, todo vuelve a ser lo que no era.

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